Hay películas que, más allá de su calidad técnica y la torpeza del director, embargan al espectador por lo atractivo del tema. Películas con las que uno aparca la fijación por las formas por la obsesión por el fondo. Aunque cierto es que también podrían aunarse las dos cosas. Pero eso no ocurre siempre, y para el caso es lo mismo: no quiero hablar de cine, sino de una historia que, en todos los formatos artísticos que se ha contado, me ha interesado y sobrecogido. Hablo del secuestro y posterior ejecución del presidente de la democracia cristiana y ex primer ministro italiano, Aldo Moro, en 1978 a manos de las Brigadas Rojas.
Le pregunto a mi padre por el impacto que tuvo tal noticia en España. Dice que no recuerda una gran repercusión, y lo achaca a las inquietudes propias de la España de entonces, embarcada en plena transición a la democracia. Hace una alusión general a los años de plomo y me dice que no
ha visto Buenos días, noche, la película de Marco Bellocchio que refleja su cautiverio y que motivó mi interés por el tema.
Me llamó la atención el ambiente decadente y pesado –años de plomo- que refleja la película. En ésta apenas se hacen alusiones a otros asesinatos, a otros grupos terroristas, pero el ambiente lo sugiere y esta capacidad de transmitir más allá de una explicación detallada, se encuentra entre los mayores activos de una película que no saca todo el partido posible al tema. Las breves escenas de las conversaciones de Moro con sus secuestradores, cada vez más impacientes ante la negativa del gobierno de Andreotti a la negociación pese a la reiterada petición del presidente de su partido, el nerviosismo de los secuestradores ante el rechazo del Partido Comunista Italiano a su acción criminal, las vacilaciones de algunos de los integrantes del comando...Todo ello se entrelaza en una historia que lleva inevitablemente a preguntarse el por qué del secuestro, la ineficacia en su protección, el fracaso de su búsqueda, la negativa de los suyos a la negociación.
La película no pretende dar respuestas a estas preguntas, aunque inevitablemente inocula en el espectador la intriga y le conduce a ellas. Imprescindible para saber –e indignarse- más sobre los pormenores es el libro El caso Aldo Moro, del siciliano Leonardo Sciascia, magistral autor que analiza y disecciona las cartas que un Moro dado por desquiciado por los suyos enviaba desde la “carcel del pueblo” pidiendo un esfuerzo para salvar su vida. Sciascia niega la mayor y descubre en la correspondencia del reo una mente lúcida, coherente con los postulados políticos que siempre mantuvo en libertad, también sobre el espinoso tema de la negociación con grupos terroristas. La “razón de estado” es para el autor y el secuestrado, una manera fácil de limpiar el nombre de Italia, una oportunidad inigualable que la clase política aprovecha para redimir a la patria de sus corrupciones atávicas (inseguridad jurídica, comisiones, extorsión mafiosa, etc.), lo que en último término permitía al establisment continuar con sus desfalcos y connivencias criminales. Habían dado muestras de que, aunque para desgracia de Moro fuera en el caso que le concernía, la clase política atendía a verdaderas razones de interés general. Él fue así, tal y como de manera magistral y didáctica nos muestra Sciascia, un chivo expiatorio, un regalo de la providencia.
No sólo hay evidencias de esto por el hecho palmario y bien documentado de que convenía su secuestro y muerte, sino por la investigación que el propio Sciascia, a la sazón diputado del Partido Radical, hizo en la comisión de investigación que estudiaba el secuestro, los fallos de la seguridad del presidente de la democracia cristiana y la torpeza, cuando no la nula voluntad, de la búsqueda del secuestrado.
A modo de apéndice de su libro, el autor transcribe su intervención en la comisión de investigación y demuestra a la manera de un fiscal que todo lo relacionado con el secuestro de Aldo Moro está plagado de irregularidades, de fundadas sospechas sobre el escaso interés que tenían las autoridades de encontrar al artífice de ese gobierno que ahora lo daba por perturbado. La manera en que se organizó su búsqueda, con un despliegue hecho más con la intención de asombrar a la opinión pública que por un interés real de encontrar a Moro, la coincidencia de que el piso franco de los terroristas fuera el único del edificio que no se registró, son hechos que acrecientan las dudas, cuando no crean indicios de que no convenía la libertad de un hombre que fue coherente hasta el final y que murió profundamente decepcionado, sin comprender la actitud de los que hasta hacía unos días consideraba sus compañeros y amigos. Y es esta soledad, ese desencanto, esa tristeza infinita que las cartas de Moro –y la película- muestran lo que más conmueve de esta historia macabra.
No sorprende tanto ahora la singularidad de la clase política Italiana de la actualidad. Berlusconi es hijo de esta piara, lo que lleva a pensar que el proceso de “Manos Limpias” iniciado hace unos años no era más que otro artificio de la clase política para renovar por unos años su licencia de desfalco. Lo más triste es que parezca que la diferencia con antaño no es la honestidad de la clase política, sino la desaparición de las brigadas rojas.