miércoles, diciembre 28, 2005

Jünger y la clarividencia (I)

Me decía un amigo que los buenos artistas predicen los cambios del futuro porque saben leer muy bien el presente. Hoy me acuerdo de eso leyendo el volumen 1 de los diarios de la segunda guerra mundial, del pensador alemán Ernst Jünger. En una nota introductoria del libro escrita en el año 1948 escribe: "Cabe prever que Alemania continuará siendo la que lleve al peor parte cada vez que se agrave la tensión entre el Este y el Oestte. Y esa tensión no disminuirá si las dos enormes potencias cuya aparición en el horizonte vio ya tan claramente Tocqueville se refuerzan cada vez más y atraen hacia sí como dos plos la potencias situadas en el campo intermedio. Esa evolución escindiría a Alemania en una parte Atlántica y una parte continental [...]. Ese es el motivo por el que tenemos obligación precisamente nosotros los alemanes de contribuir a uan solución pacífica; y, dada la actual situación de las cosas, tal aportación nuestra no puede ser más que espiritual".
Posteriormente, y aún en la nota introductoria, escribe: "El mundo a cuyo nacimiento estamos asistiendo no será el calco de motivos y principios plasmados de una manera unitaria -surgirá del con flicto, como toda creación. Y uan de las grandes delimitaciones es ante todo la que se traza entre el libre albedrío y la determinación. En nuestra cabeza, en nuestro pecho es donde están los circos en que, vestidos con disfraces del tiempo, se enfrentan la Libertad y el Destino". Continuará.

lunes, diciembre 19, 2005

El último encuentro


Pese a que vivió y escribió sus mejores novelas ya exiliado en California, el escritor húngaro Sándor Marai ha irrumpido en España con la fuerza propia de los escritores del este que se nos dieron a conocer en Europa occidental con la caída del muro de Berlín. Escritor prolífico nacido en 1900, autor de más de quince novelas y una autobiografía, ha sido rescatado del olvido por la editorial Mondadori, que ha hecho innumerables reediciones -también en bolsillo- de sus novelas. Este fenómeno empezó hace unos años en España con la editorial Acantilado, que realiza una labor ingente en la edición de autores consagrados de los países del este. El Kapo, de Alexander Tisma, es uno de los mejores libros que leí el año pasado. Marai forma parte del mismo fenómeno, aunque en su temática no está tan presente el contexto -con la excepción de su autobiografía, cuyo elocuente título es Confesiones de un burgés- sino la vivencia de los sentimientos clásicos en todos los contextos y por encima de cualquier sistema. Por eso a veces recurre a ambientar sus novelas en otras épocas, quizás advirtiendo implicitamente que no quieren que le cataloguen como un autor tan imbuido de circunstancias adversas que es incapaz de sustraerse a su desgracia. Al fin y al cabo él vivió muchos años en California y se suicidó allí en el año 89, unos meses antes de que cayera el muro de Berlín.
Quizás sea su mencionada autobiografía y la novela La mujer justa sus obras más reconocidas. A eso ayuda la incpacidad del subconsicnete colectivo de reconocer que a veces las mejores obras son las que tienen menos páginas. Que no son ensayos o borradores de novelones imprescindibles. Pero ese es otro tema. Quiero centrarme en una de sus novelas breves, El último encuentro, que adolece de muchas virtudes pero también de algunos puntos débiles que me hacen cuestionar el exceso de fama que se ha ganado postumanente Sándor Marai entre nosotros.
El último encuentro narra el encuentro de dos amigos de la infancia y juventud que, por diversas razones que se irán descubriendo a lo largo del relato, llevan cuarenta años sin verse. Ahora los dos son ancianos y hablan durante toda la noche del por qué de su separación traumática. Paralelamente el autor nos va describiendo la infancia y la adolescencia de ambos, su vida en común en la casa, sus peripecias compartidas en la academia militar vienesa del imperio austrohúngaro. Nada que reprochar a esa parte de la novela, convencionalmente narrada, aunque con una elegancia digna de elogio. Es sin embargo en la parte del monólgo que, más o menos hacia la mitad de la novela, el traicionado empieza a decir al traidor, cuando la novela pierde credibilidad en pos de un lenguaje ampuloso y solemne que emplaza a un exceso de complicidad entre el lector y el narrador que no se sositienen narrativamente en función de los flash backs que componen la primera parte. Quiero decir que a mínimo que se cuestionen los presupuestos y afirmaciones categóricas del escritor, la novela se desmonta y cae por su propio peso. Esta estructura, recurrente en sus novelas, de preparar la situación para un monólogo final tiene mucho de moralista, que no sería objetable si la preparación hubiera dejado un suelo sólido donde construir un discurso razonado. Pero afirmaciones tan contundentes como "la amistad es un ente que todo lo puede", o "la unión que sentíamos estaba más allá de cualquier razonamiento, era algo casi divino lo que nos unía", entre otras, tienen las consistencia del lugar común y la inconsitencia de una fe. Solo desde una lectura acrítica, dejándose llevar, se puede decir que la novela es buena. A mínimo que analicemos, la novela va cayendo en un tópico tras otro, adornado, eso sí, con una prosa elegante que maquilla y disfraza hasta casi engañarnos.
Autor efectista y eficaz, hará las delicias de los lectores que buscan sólo un pasatiempo. Para los lectores que deseen encontrar significados, Sandor Marai no terminará de convencer, cuando no decepcionará. Ahora se entienden tantas reediciones.

martes, diciembre 13, 2005

Buenos Días, noche. El caso Aldo Moro

Hay películas que, más allá de su calidad técnica y la torpeza del director, embargan al espectador por lo atractivo del tema. Películas con las que uno aparca la fijación por las formas por la obsesión por el fondo. Aunque cierto es que también podrían aunarse las dos cosas. Pero eso no ocurre siempre, y para el caso es lo mismo: no quiero hablar de cine, sino de una historia que, en todos los formatos artísticos que se ha contado, me ha interesado y sobrecogido. Hablo del secuestro y posterior ejecución del presidente de la democracia cristiana y ex primer ministro italiano, Aldo Moro, en 1978 a manos de las Brigadas Rojas.

Le pregunto a mi padre por el impacto que tuvo tal noticia en España. Dice que no recuerda una gran repercusión, y lo achaca a las inquietudes propias de la España de entonces, embarcada en plena transición a la democracia. Hace una alusión general a los años de plomo y me dice que no ha visto Buenos días, noche, la película de Marco Bellocchio que refleja su cautiverio y que motivó mi interés por el tema.

Me llamó la atención el ambiente decadente y pesado –años de plomo- que refleja la película. En ésta apenas se hacen alusiones a otros asesinatos, a otros grupos terroristas, pero el ambiente lo sugiere y esta capacidad de transmitir más allá de una explicación detallada, se encuentra entre los mayores activos de una película que no saca todo el partido posible al tema. Las breves escenas de las conversaciones de Moro con sus secuestradores, cada vez más impacientes ante la negativa del gobierno de Andreotti a la negociación pese a la reiterada petición del presidente de su partido, el nerviosismo de los secuestradores ante el rechazo del Partido Comunista Italiano a su acción criminal, las vacilaciones de algunos de los integrantes del comando...Todo ello se entrelaza en una historia que lleva inevitablemente a preguntarse el por qué del secuestro, la ineficacia en su protección, el fracaso de su búsqueda, la negativa de los suyos a la negociación.

La película no pretende dar respuestas a estas preguntas, aunque inevitablemente inocula en el espectador la intriga y le conduce a ellas. Imprescindible para saber –e indignarse- más sobre los pormenores es el libro El caso Aldo Moro, del siciliano Leonardo Sciascia, magistral autor que analiza y disecciona las cartas que un Moro dado por desquiciado por los suyos enviaba desde la “carcel del pueblo” pidiendo un esfuerzo para salvar su vida. Sciascia niega la mayor y descubre en la correspondencia del reo una mente lúcida, coherente con los postulados políticos que siempre mantuvo en libertad, también sobre el espinoso tema de la negociación con grupos terroristas. La “razón de estado” es para el autor y el secuestrado, una manera fácil de limpiar el nombre de Italia, una oportunidad inigualable que la clase política aprovecha para redimir a la patria de sus corrupciones atávicas (inseguridad jurídica, comisiones, extorsión mafiosa, etc.), lo que en último término permitía al establisment continuar con sus desfalcos y connivencias criminales. Habían dado muestras de que, aunque para desgracia de Moro fuera en el caso que le concernía, la clase política atendía a verdaderas razones de interés general. Él fue así, tal y como de manera magistral y didáctica nos muestra Sciascia, un chivo expiatorio, un regalo de la providencia.

No sólo hay evidencias de esto por el hecho palmario y bien documentado de que convenía su secuestro y muerte, sino por la investigación que el propio Sciascia, a la sazón diputado del Partido Radical, hizo en la comisión de investigación que estudiaba el secuestro, los fallos de la seguridad del presidente de la democracia cristiana y la torpeza, cuando no la nula voluntad, de la búsqueda del secuestrado.

A modo de apéndice de su libro, el autor transcribe su intervención en la comisión de investigación y demuestra a la manera de un fiscal que todo lo relacionado con el secuestro de Aldo Moro está plagado de irregularidades, de fundadas sospechas sobre el escaso interés que tenían las autoridades de encontrar al artífice de ese gobierno que ahora lo daba por perturbado. La manera en que se organizó su búsqueda, con un despliegue hecho más con la intención de asombrar a la opinión pública que por un interés real de encontrar a Moro, la coincidencia de que el piso franco de los terroristas fuera el único del edificio que no se registró, son hechos que acrecientan las dudas, cuando no crean indicios de que no convenía la libertad de un hombre que fue coherente hasta el final y que murió profundamente decepcionado, sin comprender la actitud de los que hasta hacía unos días consideraba sus compañeros y amigos. Y es esta soledad, ese desencanto, esa tristeza infinita que las cartas de Moro –y la película- muestran lo que más conmueve de esta historia macabra.

No sorprende tanto ahora la singularidad de la clase política Italiana de la actualidad. Berlusconi es hijo de esta piara, lo que lleva a pensar que el proceso de “Manos Limpias” iniciado hace unos años no era más que otro artificio de la clase política para renovar por unos años su licencia de desfalco. Lo más triste es que parezca que la diferencia con antaño no es la honestidad de la clase política, sino la desaparición de las brigadas rojas.

viernes, diciembre 02, 2005

Pa habernos matao

Las imágenes del accidente y posterior rescate de Mariano Rajoy y acompañantes en la plaza de toros de Móstoles son impactantes. La manera en que el helicóptero sube y posteriormente va perdiendo fuerza parece la plasmación real del pensamiento negro del común de los pasajeros de los aviones comerciales al despegar: que mientras va subiendo los motores pierdan fuerza y el aparato empiece a descender, primero lentamente, casi impeceptible, para luego estrellarse en un estruendo sin supervivientes. En Málaga tenemos el consuelo de caer sobre el mar.