lunes, octubre 31, 2005

El otoño de la inteligencia

El otoño está ya entre nosotros y pronto empezarán a caer las hojas caducas de los árboles de las ciudades. Esta estación estimula la melancolía y las depresiones, los días duran menos y todo tiene, más que la nochevieja, un aire a despedida y nuevo comienzo que nos sumerge en la más severa de las rutinas, la del eterno retorno, la que siempre vuelve al mismo sitio por mucho que avancemos, la que nos oprime con su decadencia y nos enferma con su cambiante clima.
El verano y el invierno son las estaciones puras, en las que hace calor en una y frío en otra. La primavera y el otoño parecen sin embargo estaciones de tránsito, temporadas que la providencia nos concede para aclimatarnos a los dos verdaderos estados de la alma. El verano todo lo trastorna, no tanto por el calor, sino por las vacaciones, pero junto al invierno de la rutina aceptada son las estaciones en las que el carácter suele ser más plano, con menos sobresaltos respecto a lo que uno considera que es de manera general su forma de ser y de sentir. La primavera, con el renacer de la naturaleza provoca en muchos un estado de optimismo y alegría mayor que en otras estaciones. Las tardes empiezan a alargarse, la temperatura se va haciendo cada vez más plácida y vamos sustituyendo los concurridos bares de horrible calefacción e insoportable algarabía por las agradables terrazas. Todo tiene un cierto aroma a recompensa por un año de trabajo y sinsabores. El otoño es el ocaso, un ocaso que marca algo a veces más insoportable que la muerte: la implacabilidad de la repetición.
En España el otoño llega por partida doble y ha sido anunciado con muchos meses de antelación. Junto a las hojas amarillas y naranjas caídas de los árboles descansan reflexiones, pensamientos, lecturas, opiniones y análisis razonados que se han caído de los árboles de la inteligencia colectiva. Es en este otoño cuando uno puede darse cuenta de que son más las mentes de inteligencia caduca que las de inteligencia perenne. Esperemos, está vez con alegría, que la repetición del ciclo se produzca y vuelvan a brotar en las mentes españolas algunas pequeñas hojas que nos traigan algo de sosiego y tranquilidad sobre la perdurabilidad del oxígeno que respiramos.
Son necesarios este año más operarios que nunca para limpiar las calles de hojas secas. Muchas provenientes del noreste (donde hay un presidente que más que gobernar se dedica a podar) , muchas en las mediaciones de las emisoras de radio, muchísimas -¡por dios manden refuerzos!- bajo el portavoz oficioso de las sotanas y sus compañeros de causa, otras venidas de redacciones de prensa panfletaria, muchas en las barras de los bares tras las tertulias improvisadas, otras, las que más tiempo llevan yaciendo en nuestras calles, las que cayeron de los árboles de la calle Génova, ante cuya severidad los operarios dictaminaron que para que volvieran a brotar hojas nuevas sería necesario quitar los viejos árboles y plantar otros nuevos.

martes, octubre 25, 2005

Berlín: Juegan los niños


"Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizás esté bien que así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia. De otra manera lo comprendemos, y tanto mejor, cuanto más profundo yace en nosotros lo olvidado".
Walter Benjamin
Berlín es una ciudad saturada de historia. A cada paso hay un monumento, una placa conmemorativa o un museo que recuerda el pasado esplendoroso y trágico de la capital alemana. Los más antiguos resaltan el pasado glorioso de la entonces capital del estado prusiano, sus victorias contra los franceses, sus personajes históricos, algo que en mayor o menor medida hacen todas las naciones del mundo. Los nuevos sin embargo recuerdan aquellas atrocidades de las que fue capaz una de las naciones más culta y avanzadas del mundo. El ascenso del nazismo, la persecución y el holocausto judío, la segunda guerra mundial o la partición de Alemanía en la guerra fría son acontecimientos históricos constantemente recordados al pasear por las calles berlinesas.
Es elocuente cómo todo lo que se hizo antes de la guerra tiene un halo impresial casi grotesco: las anchas avenidas, los gigantescos parques, los edificios solemnes y sobrios, y cómo lo que se hizo a partir de entonces en el Berlín occidental (el oriental es un caso excepcional de megalomanía antiestética) y en toda la ciudadtras la caída del muro, ha sido humilde, discreto a veces, trasluciendo en la forma y los motivos que ahora toman los proyectos un verdadero sentimiento de culpa, una incomprensión tan grande hacia su pasado como la que sentimos nosotros, visitantes ocasionales.
Por supuesto que hay edificios nuevos espectaculares en Berlín, especialmente desde que, tras la recuperación de la ciudad como capital de de la Alemania unificada, se produjo una importante inyección de dinero para adecentarla, pero nada comparable a la grandiosidad que uno intuye que tuvieron en su época el Tiertgarten, la avenida Unter den Linden, la cancillería o el Reichtag. Lo que ahora se hace en Berlín es un signo de normalidad, de rápida integración en una modernidad de la que se quedó descolgada durante más de cuarenta años de guerra fría y macabros juegos de geoestrategia política. Lo que había era una arquitectura, un estilo, una grandiosidad que deja ver una antigua mentalidad imperial que, quizás no por casualidad, desembocó en dos guerras mundiales.
En un museo recuerdan los efectos catastróficos de la inflación en la Alemania de los años veinte. Gente que perdió sus pensiones, sus ahorros de toda una vida, sus casas sus posesiones. Allí, en la lejanía irremediable que dan el paso de los años, el blanco y negro de las fotos y la comodidad de los museos, se tiende a pensar que eso ya no ocurre, que hay procesos históricos que fueron tan nocivos que se sacaron lecciones duraderas. Quizás por eso los niños (y los no tan niños) juegan en el monumento de homenaje a los judíos asesinados en el holocausto. El recinto, diseñado por el arquitecto Peter Esennman consiste en cerca de tres mil bloques de cemento de diferentes alturas levantados unos metros la puerta de Brandemburgo, emblema histórico de la división del mundo. Sin embargo, los niños y sus condescendientes padres no parecen subyugados por este peso.
Narraba el tristemente desaparecido escritor aleman W.G. Sebald en su Historia natural de la destrucción cómo el arte alemán había obviado durante más de cincuenta años los desmanes que, como los bombardeos indiscriminados sobre ciudades alemanas ya vencidas, habían cometido los aliados. Su narración era una manera de vindicación de la memoria de ese otro lado de esa guerra incontestada y moral que fue la librada contra el fascismo (sí, se olvidaron de España). No expresaba este libro sino un movimiento de fondo en la mentalidad alemana: ahora, sin dejar de reconocer la culpa de sus antepasados, todo se ve con otro prisma. A esto ha ayudado mucho la evolución moderna de la sociedad, en la que la nación como sujeto pierde protagonismo frente al individuo con derechos y deberes. Así es posible conocer y aprender. Antes sólo era posible conocer y avergonzarse, caldo de cultivo de la resignación y la venganza, lección que no sacamos tras la primera guerra mundial y que tan trágicas consecuencias deparó.
Los niños juegan en el monumento, corren, saltan, mientras los padres descansan y toman fotos de la puerta de Brandemburgo y la cúpula del Reichtag. Quizás muchos se sientan con razón ofendidos por su actitud. Sin embargo me pregunto si no es todo esto el símbolo más palpable de la normalidad recuperada, que era lo que todos ansiaban en este país y su atribulada capital.

lunes, octubre 24, 2005

La participación

Algunos avances de la tecnología se nos presentan como extravagancias de las que creemos ser capaces de sustraernos. No hace muchos años oíamos a amigos o conocidos venir impactados de Japón o Corea (del Sur, por supuesto) pues todo el mundo portaba un teléfono móvil, incluso, contaban alarmados, los adolescentes. Todos conocemos el paso de los tiempos, cuántas resistencias iniciales se ha llevado la posesión del preciado móvil. Nos es dificil imaginar cómo era la vida antes sin conceptos como SMS, saldo del móvil, llamada perdida.
Con el auge de los blogs pasa algo parecido. Hasta hace poco eran estravagancias de los avanzados en internet, algo de frikis. Por otro lado, se asociaba el blog a un cuaderno de bitácora de alguien que tiene una posición social que le otorga opinión ex cátedra sobre algo. Pero el blog se ha convertido en algo más, un nuevo instrumento que la tecnología y la libertad (en China hay tecnología pero no libertad, con lo que los blogs y la mayoría de páginas webs estàn vetadas) ofrece al ciudadano de sentirse partícipe en un mundo que cada vez se construye menos de arriba hacia abajo y más de abajo hacia arriba. El blog, como los chats, como internet en sí mismo, es otro de los isntrumentos que nos van a servir para cimentar la sociedad civil, una democracia más participativa. Sí, tenemos entre manos un precioso aparato. Es por ello que el blog, al igual que antes el móvil, se extiende entre nosotros. Yo, como antes me pasó con el teléfono, nohe podido sustraerme a la tentación de dar mi opinión a quien le pueda interesar y contribuir en la medida de lo posible a un debate interesante.
Creo que era Antonio Machado quien invitaba a los jóvenes a hacer política, aduciendo que la política se iba a hacer de todas formas y que si ellos no participaban corrían el riesgo de que esta fuera contra ellos. Algo así se podría extrapolar a internet y los blogs. Opinad, debatid, porque si no lo haceís corréis el riesgo de que opinen por vosotros.