lunes, diciembre 19, 2005

El último encuentro


Pese a que vivió y escribió sus mejores novelas ya exiliado en California, el escritor húngaro Sándor Marai ha irrumpido en España con la fuerza propia de los escritores del este que se nos dieron a conocer en Europa occidental con la caída del muro de Berlín. Escritor prolífico nacido en 1900, autor de más de quince novelas y una autobiografía, ha sido rescatado del olvido por la editorial Mondadori, que ha hecho innumerables reediciones -también en bolsillo- de sus novelas. Este fenómeno empezó hace unos años en España con la editorial Acantilado, que realiza una labor ingente en la edición de autores consagrados de los países del este. El Kapo, de Alexander Tisma, es uno de los mejores libros que leí el año pasado. Marai forma parte del mismo fenómeno, aunque en su temática no está tan presente el contexto -con la excepción de su autobiografía, cuyo elocuente título es Confesiones de un burgés- sino la vivencia de los sentimientos clásicos en todos los contextos y por encima de cualquier sistema. Por eso a veces recurre a ambientar sus novelas en otras épocas, quizás advirtiendo implicitamente que no quieren que le cataloguen como un autor tan imbuido de circunstancias adversas que es incapaz de sustraerse a su desgracia. Al fin y al cabo él vivió muchos años en California y se suicidó allí en el año 89, unos meses antes de que cayera el muro de Berlín.
Quizás sea su mencionada autobiografía y la novela La mujer justa sus obras más reconocidas. A eso ayuda la incpacidad del subconsicnete colectivo de reconocer que a veces las mejores obras son las que tienen menos páginas. Que no son ensayos o borradores de novelones imprescindibles. Pero ese es otro tema. Quiero centrarme en una de sus novelas breves, El último encuentro, que adolece de muchas virtudes pero también de algunos puntos débiles que me hacen cuestionar el exceso de fama que se ha ganado postumanente Sándor Marai entre nosotros.
El último encuentro narra el encuentro de dos amigos de la infancia y juventud que, por diversas razones que se irán descubriendo a lo largo del relato, llevan cuarenta años sin verse. Ahora los dos son ancianos y hablan durante toda la noche del por qué de su separación traumática. Paralelamente el autor nos va describiendo la infancia y la adolescencia de ambos, su vida en común en la casa, sus peripecias compartidas en la academia militar vienesa del imperio austrohúngaro. Nada que reprochar a esa parte de la novela, convencionalmente narrada, aunque con una elegancia digna de elogio. Es sin embargo en la parte del monólgo que, más o menos hacia la mitad de la novela, el traicionado empieza a decir al traidor, cuando la novela pierde credibilidad en pos de un lenguaje ampuloso y solemne que emplaza a un exceso de complicidad entre el lector y el narrador que no se sositienen narrativamente en función de los flash backs que componen la primera parte. Quiero decir que a mínimo que se cuestionen los presupuestos y afirmaciones categóricas del escritor, la novela se desmonta y cae por su propio peso. Esta estructura, recurrente en sus novelas, de preparar la situación para un monólogo final tiene mucho de moralista, que no sería objetable si la preparación hubiera dejado un suelo sólido donde construir un discurso razonado. Pero afirmaciones tan contundentes como "la amistad es un ente que todo lo puede", o "la unión que sentíamos estaba más allá de cualquier razonamiento, era algo casi divino lo que nos unía", entre otras, tienen las consistencia del lugar común y la inconsitencia de una fe. Solo desde una lectura acrítica, dejándose llevar, se puede decir que la novela es buena. A mínimo que analicemos, la novela va cayendo en un tópico tras otro, adornado, eso sí, con una prosa elegante que maquilla y disfraza hasta casi engañarnos.
Autor efectista y eficaz, hará las delicias de los lectores que buscan sólo un pasatiempo. Para los lectores que deseen encontrar significados, Sandor Marai no terminará de convencer, cuando no decepcionará. Ahora se entienden tantas reediciones.