El otoño de la inteligencia
El otoño está ya entre nosotros y pronto empezarán a caer las hojas caducas de los árboles de las ciudades. Esta estación estimula la melancolía y las depresiones, los días duran menos y todo tiene, más que la nochevieja, un aire a despedida y nuevo comienzo que nos sumerge en la más severa de las rutinas, la del eterno retorno, la que siempre vuelve al mismo sitio por mucho que avancemos, la que nos oprime con su decadencia y nos enferma con su cambiante clima.
El verano y el invierno son las estaciones puras, en las que hace calor en una y frío en otra. La primavera y el otoño parecen sin embargo estaciones de tránsito, temporadas que la providencia nos concede para aclimatarnos a los dos verdaderos estados de la alma. El verano todo lo trastorna, no tanto por el calor, sino por las vacaciones, pero junto al invierno de la rutina aceptada son las estaciones en las que el carácter suele ser más plano, con menos sobresaltos respecto a lo que uno considera que es de manera general su forma de ser y de sentir. La primavera, con el renacer de la naturaleza provoca en muchos un estado de optimismo y alegría mayor que en otras estaciones. Las tardes empiezan a alargarse, la temperatura se va haciendo cada vez más plácida y vamos sustituyendo los concurridos bares de horrible calefacción e insoportable algarabía por las agradables terrazas. Todo tiene un cierto aroma a recompensa por un año de trabajo y sinsabores. El otoño es el ocaso, un ocaso que marca algo a veces más insoportable que la muerte: la implacabilidad de la repetición.
En España el otoño llega por partida doble y ha sido anunciado con muchos meses de antelación. Junto a las hojas amarillas y naranjas caídas de los árboles descansan reflexiones, pensamientos, lecturas, opiniones y análisis razonados que se han caído de los árboles de la inteligencia colectiva. Es en este otoño cuando uno puede darse cuenta de que son más las mentes de inteligencia caduca que las de inteligencia perenne. Esperemos, está vez con alegría, que la repetición del ciclo se produzca y vuelvan a brotar en las mentes españolas algunas pequeñas hojas que nos traigan algo de sosiego y tranquilidad sobre la perdurabilidad del oxígeno que respiramos.
Son necesarios este año más operarios que nunca para limpiar las calles de hojas secas. Muchas provenientes del noreste (donde hay un presidente que más que gobernar se dedica a podar) , muchas en las mediaciones de las emisoras de radio, muchísimas -¡por dios manden refuerzos!- bajo el portavoz oficioso de las sotanas y sus compañeros de causa, otras venidas de redacciones de prensa panfletaria, muchas en las barras de los bares tras las tertulias improvisadas, otras, las que más tiempo llevan yaciendo en nuestras calles, las que cayeron de los árboles de la calle Génova, ante cuya severidad los operarios dictaminaron que para que volvieran a brotar hojas nuevas sería necesario quitar los viejos árboles y plantar otros nuevos.

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