martes, octubre 25, 2005

Berlín: Juegan los niños


"Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizás esté bien que así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia. De otra manera lo comprendemos, y tanto mejor, cuanto más profundo yace en nosotros lo olvidado".
Walter Benjamin
Berlín es una ciudad saturada de historia. A cada paso hay un monumento, una placa conmemorativa o un museo que recuerda el pasado esplendoroso y trágico de la capital alemana. Los más antiguos resaltan el pasado glorioso de la entonces capital del estado prusiano, sus victorias contra los franceses, sus personajes históricos, algo que en mayor o menor medida hacen todas las naciones del mundo. Los nuevos sin embargo recuerdan aquellas atrocidades de las que fue capaz una de las naciones más culta y avanzadas del mundo. El ascenso del nazismo, la persecución y el holocausto judío, la segunda guerra mundial o la partición de Alemanía en la guerra fría son acontecimientos históricos constantemente recordados al pasear por las calles berlinesas.
Es elocuente cómo todo lo que se hizo antes de la guerra tiene un halo impresial casi grotesco: las anchas avenidas, los gigantescos parques, los edificios solemnes y sobrios, y cómo lo que se hizo a partir de entonces en el Berlín occidental (el oriental es un caso excepcional de megalomanía antiestética) y en toda la ciudadtras la caída del muro, ha sido humilde, discreto a veces, trasluciendo en la forma y los motivos que ahora toman los proyectos un verdadero sentimiento de culpa, una incomprensión tan grande hacia su pasado como la que sentimos nosotros, visitantes ocasionales.
Por supuesto que hay edificios nuevos espectaculares en Berlín, especialmente desde que, tras la recuperación de la ciudad como capital de de la Alemania unificada, se produjo una importante inyección de dinero para adecentarla, pero nada comparable a la grandiosidad que uno intuye que tuvieron en su época el Tiertgarten, la avenida Unter den Linden, la cancillería o el Reichtag. Lo que ahora se hace en Berlín es un signo de normalidad, de rápida integración en una modernidad de la que se quedó descolgada durante más de cuarenta años de guerra fría y macabros juegos de geoestrategia política. Lo que había era una arquitectura, un estilo, una grandiosidad que deja ver una antigua mentalidad imperial que, quizás no por casualidad, desembocó en dos guerras mundiales.
En un museo recuerdan los efectos catastróficos de la inflación en la Alemania de los años veinte. Gente que perdió sus pensiones, sus ahorros de toda una vida, sus casas sus posesiones. Allí, en la lejanía irremediable que dan el paso de los años, el blanco y negro de las fotos y la comodidad de los museos, se tiende a pensar que eso ya no ocurre, que hay procesos históricos que fueron tan nocivos que se sacaron lecciones duraderas. Quizás por eso los niños (y los no tan niños) juegan en el monumento de homenaje a los judíos asesinados en el holocausto. El recinto, diseñado por el arquitecto Peter Esennman consiste en cerca de tres mil bloques de cemento de diferentes alturas levantados unos metros la puerta de Brandemburgo, emblema histórico de la división del mundo. Sin embargo, los niños y sus condescendientes padres no parecen subyugados por este peso.
Narraba el tristemente desaparecido escritor aleman W.G. Sebald en su Historia natural de la destrucción cómo el arte alemán había obviado durante más de cincuenta años los desmanes que, como los bombardeos indiscriminados sobre ciudades alemanas ya vencidas, habían cometido los aliados. Su narración era una manera de vindicación de la memoria de ese otro lado de esa guerra incontestada y moral que fue la librada contra el fascismo (sí, se olvidaron de España). No expresaba este libro sino un movimiento de fondo en la mentalidad alemana: ahora, sin dejar de reconocer la culpa de sus antepasados, todo se ve con otro prisma. A esto ha ayudado mucho la evolución moderna de la sociedad, en la que la nación como sujeto pierde protagonismo frente al individuo con derechos y deberes. Así es posible conocer y aprender. Antes sólo era posible conocer y avergonzarse, caldo de cultivo de la resignación y la venganza, lección que no sacamos tras la primera guerra mundial y que tan trágicas consecuencias deparó.
Los niños juegan en el monumento, corren, saltan, mientras los padres descansan y toman fotos de la puerta de Brandemburgo y la cúpula del Reichtag. Quizás muchos se sientan con razón ofendidos por su actitud. Sin embargo me pregunto si no es todo esto el símbolo más palpable de la normalidad recuperada, que era lo que todos ansiaban en este país y su atribulada capital.

1 Comments:

At 4:42 PM, Anonymous Anónimo said...

Me encantan estas reflexiones sobre Berlin y los encuentro muy acertados. He tenido la ocasión de visitar recientemente esta ciudad de recorrer sus calles y avenidas, sus palacios y museos y sin dudas fueron pocas los recordatorios del nazismo en la que fue cuna de un mal de la humanidad, el nazismo. A ver si la apertura de los bunkers y del museo del horror (sótanos de la sede del cuartel general de las SS) ponen un poco más las cosas en su sitio. Felicidades.

 

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